Hoy para mí no es sólo un reto, sino también un honor escribir este post, que utiliza una metáfora regalada por una persona brillante y generosa.

Gracias.

Transformarse es un ejercicio endotérmico. Requiere de energía, de mucha energía. Transformar hacia fuera, una compañía, pongamos al caso, cambiando no sólo su forma de trabajar u organizarse, sino de entender cómo trabajan, seguramente lo es aún más. Requiere que esa energía que es consumida lo sea en favor de un bien mayor, no en el propio beneficio transformador (que, de hecho, también sucede y enriquece).

Es como enviar un cohete a la luna o a Marte.

Y ya no hablo de toda la preparación, la ingeniería, el entrenamiento, los dificilísimos cálculos matemáticos o el ponerse de acuerdo en si usar el sistema métrico decimal o el imperial. Hablo del “simple” acto de mandar el cohete a la luna.

Ya hemos comentado en otros posts sobre pioneros y colonos. Realmente en un proceso de esta índole aparecen diferentes roles y perfiles, pero también se dan circunstancias más complejas que tienen mucho más que ver con la energía aportada, en forma, intensidad y momento, que no en las tareas desempeñadas. Y la mejor manera de entenderlo es volver al cohete.

Todo el mundo ha visto en un momento u otro el lanzamiento de un cohete espacial. La velocidad de escape de la gravedad terrestre es de 40.320 km/h. Quien dice gravedad dice cultura. Algo ha de aportar la energía necesaria para alcanzar esa velocidad. Y ahí están los cohetes espaciales y sus fases. Diferentes secciones que trabajan para aportar el empuje necesario en un momento dado, con toda su capacidad y energía, hasta que se agotan y se eliminan para dejar paso al siguiente, que hará lo mismo.

Las primeras fases son grandes y poderosas, al menos en energía. Podríamos decir que dan mucho más de lo que acabarán dando los motores que seguirán “vivos” cuando la nave esté allí fuera, en el espacio exterior. Pero son sacrificadas. Y es necesario que sean sacrificadas.

Empresas espaciales de hoy en día se esfuerzan en poder recuperar estas fases, para darles el magnífico uso que son capaces una y otra vez. En otros casos simplemente se destruyen y caen al mar.

Pero en un caso u otro, estoy seguro que las primeras fases de los cohetes espaciales, si pudieran, mirarían al cielo orgullosas, sonriendo, mientras el cohete sigue subiendo buscando su objetivo final.