17 de septiembre de 2018

Caminar

Andaba por un terreno resbaladizo y oscuro. Sus zapatos estaban desgastados, haciendo de cada paso algo tan torpe como el de un niño que estuviese aprendiendo a andar.

Caminar

Andaba por un terreno resbaladizo y oscuro. Sus zapatos estaban desgastados, haciendo de cada paso algo tan torpe como el de un niño que estuviese aprendiendo a andar.

Pero él ya no era un niño. Criaba canas, tenía arrugas y el cuerpo surcado por profundas cicatrices de tantas otras anteriores caídas.

No era un héroe al uso, no. De hecho, ni tan siquiera era un héroe. Mientras él mismo lo hacía, podía sentir a su alrededor cientos de vidas luchando en el mismo terreno. Con canas o sin ellas. Con arrugas o sin ellas. Con cicatrices o, aún, sin ellas.

Sin ver, o apenas viendo, poco más podía hacer que sentir. Decidir el siguiente lugar donde poner el pie era una mezcla de experiencia anterior, que poco servía en un terreno cambiante y casi inexplorado, e intuición, emoción, sentimiento.

Sopesando lo que tenía, las dos herramientas que la providencia le había dado, de vez en cuando decidía correr. O al menos acelerar el paso. Qué más daba la experiencia cuando llevaba a error, cuando la piedra pisada una vez no volvería a estar bajo su pié de nuevo.

A veces, una de esas vidas que sentía a su alrededor se cruzaba con él. A veces sólo era una respiración en su cara. A veces un roce de un cuerpo. A veces se cogían de la mano.

Y en raras ocasiones, en algún de esos momentos en que sentía que debía hacerlo, cogía de la mano y echaba a correr.

- Sabes, voy a morir aquí. - decía al viento, casi sin decirlo a nadie en particular - Casi acabo de aprender hacia dónde voy y de golpe he comprendido que quizá no llegue, así que quiero hacer que el camino valga la pena.

Las vidas pasaban. A veces una respiración en la cara, a veces un roce de un un cuerpo, a veces una mano que se cogía. Y en un rato se soltaba. Le costó comprender por qué pasaba eso, aunque aprendió a soltar la mano de quien no quería agarrarse. Habrían mil razones, pero quizá era tan fácil como que no seguían el mismo camino.

Estaba cansado, aunque no exhausto. Mientras criaba canas y crecían sus arrugas, poco a poco su vista se acostumbraba a la oscuridad y empezaba a encontrar un patrón en el terreno inhóspito.

No era demasiado. Era muy consciente de que nunca vería del todo y de que el suelo que pisaba podía cambiar en cualquier momento, pero saboreaba cada gota de experiencia ganada.

Aquella tarde soltó una mano que se había cruzado sólo un rato antes. No fue fácil, pero sabía cómo hacerlo. La beso y dejó ir. Ni tan siquiera estaba claro si el camino era diferente o habría otras mil razones. Pero la soltó, levantó la cabeza, aunque sólo veía oscuridad y siguió caminando con una sonrisa en los labios.

Seguía el camino correcto. Quién sabe que le depararía el futuro. Fuera lo que fuese, lo lucharía, como el héroe que no era, buscando el fin al que quizá jamás llegaría.